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En el invierno de 2025-2026, las auroras boreales serán visibles hasta Roma en tres ocasiones.

Mujer observando auroras boreales desde una terraza en Roma, con catedral iluminada y telescopio en primer plano.

On levantábamos apenas la vista del teléfono cuando el cielo, en cambio, ya empezaba a tomar el control.

Por encima de los tejados, un resplandor verde empezaba a deslizarse, casi tímido, como una cortina que se levanta un poco demasiado pronto. Alrededor, la gente salía a sus balcones, con el gorro torcido y las zapatillas puestas, grabando a ciegas. Lo más extraño no era la luz. Era el silencio. Roma, normalmente ruidosa e impaciente, contenía la respiración como un pequeño pueblo de montaña.

En 2025-2026, una escena así podría producirse tres veces. No en Islandia, no en Laponia. En el sur de Europa. Hasta Roma, Atenas, quizá incluso el norte de África. Los científicos hablan de un máximo solar especialmente activo, de tormentas geomagnéticas capaces de hacer bajar las auroras hasta donde no se las espera. ¿Y si este invierno el cielo decidiera reescribir la postal?

Un invierno en el que Roma levanta la vista hacia el norte

Imagina una noche de enero de 2026, en la Piazza Navona. Los turistas aún se relamen frente a las vitrinas de helado, los camareros recogen las sillas, algunos scooters se cuelan entre los adoquines brillantes. De repente, alguien señala el cielo. Una nube de smartphones se gira al unísono, como un reflejo colectivo. Sobre la ciudad barroca, se estira una franja violeta, seguida de un verde eléctrico casi irreal. Nadie sabe qué decir. Se mira, y ya.

No es pura ciencia ficción. En mayo de 2024, se vieron auroras boreales hasta en Italia, en el sur de Francia, en Croacia. Las redes sociales se llenaron de cielos rosados sobre aparcamientos de Lidl y rotondas de autopista. Los observatorios registraron una actividad solar excepcional, vinculada a un ciclo que alcanza su pico entre 2025 y 2026. Los expertos estiman que un escenario similar podría repetirse varias veces, con auroras visibles mucho más al sur de lo habitual. Ya no se considera improbable que haya tres episodios destacados en un solo invierno.

Detrás de esos colores se esconde una mecánica brutal. El Sol envía erupciones cargadas de partículas que golpean nuestro escudo magnético. Cuando esas partículas se dirigen de lleno hacia la Tierra, desencadenan tormentas geomagnéticas. Cuanto más potentes son, más desciende hacia latitudes bajas la zona potencial de auroras. Roma, situada en torno al paralelo 42 norte, queda entonces, de forma puntual, en una especie de corredor privilegiado. No hace falta imaginar un cataclismo para ello: una “gran” tormenta solar bien orientada puede bastar para repintar el cielo mediterráneo.

Cómo ver de verdad las auroras… sin coger un avión a Laponia

La primera clave es aceptar que todo se decide en unas horas, a veces en apenas unos minutos. Una tormenta solar fuerte suele anunciarse 24 a 48 horas antes de que alcance la Tierra. En la práctica, quienes vean auroras en Roma o Marsella serán quienes ya hayan instalado dos o tres apps dedicadas, activado las alertas y adquirido la costumbre de echar un vistazo a los índices Kp (la famosa puntuación que mide la intensidad de las auroras). No es glamuroso, pero es como seguir el parte de nieve antes de un fin de semana de esquí.

Todos hemos vivido ese momento en el que pensamos: “Ah, si lo hubiera sabido ayer, habría salido”. Para el invierno 2025‑2026, la diferencia estará en esos pequeños gestos. Una manta lista cerca de la puerta. Un lugar despejado en mente, lejos de neones y escaparates. Una bolsa con gorro, guantes, batería externa, ya preparada en la entrada. La preparación no tiene nada de espectacular, pero convierte una noche “normal” en un recuerdo que contarás dentro de veinte años. Quienes hayan localizado la azotea plana de un amigo, una colina algo oscura o el aparcamiento de un supermercado en las afueras llevarán una ventaja enorme.

Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. No vivimos permanentemente en modo cazador de auroras. Y precisamente ahí es donde el invierno 2025-2026 puede sorprender. Una o dos noches al mes, cuando las alertas se disparen, habrá que aceptar romper la rutina. Salir cuando hace frío. Perderse un capítulo de una serie. Decir que sí a ese vecino que propone subir a la azotea a las 23:30 “porque el cielo está raro”. Estas microdecisiones marcan el paso de una anécdota vista en TikTok a un momento vivido de verdad.

Como lo resume un astrofísico de la Universidad de Bolonia:

“Las auroras visibles desde Roma no serán magia, serán una cita entre un Sol algo nervioso y gente dispuesta a levantar la cabeza en el momento adecuado.”

Para convertir esa cita en un recuerdo, pueden ayudar algunas referencias concretas:

  • Apunta a lugares oscuros, con un horizonte despejado hacia el norte (colinas, campo, costa).
  • Reduce al máximo la luz a tu alrededor: farolas, luces de coche, pantallas demasiado brillantes.
  • Si quieres fotografiarlas, pon tu smartphone en modo noche y estabilízalo en un muro o un trípode.
  • No esperes siempre un verde intenso a simple vista: a veces la cámara ve mejor que nosotros.
  • Quédate al menos 30 minutos fuera: las auroras pueden aparecer, desaparecer y volver sin avisar.

Un cielo espectacular… pero no solo poético

Ver auroras boreales desde Roma hace soñar, pero la historia recuerda también su cara menos romántica. En 1859, el evento Carrington desencadenó auroras visibles hasta el Caribe y quemó líneas telegráficas. En 1989, una tormenta solar dejó a parte de Quebec sin electricidad. El invierno 2025‑2026, con un Sol en plena forma, obligará a equilibrar asombro y prudencia. Las mismas partículas que colorean el cielo pueden alterar satélites, GPS y algunas líneas eléctricas.

Las agencias espaciales preparan el invierno como se prepara una temporada de ciclones. Mayor vigilancia del Sol, escenarios de desvío o puesta en modo seguro de ciertos satélites, coordinación reforzada con operadores eléctricos. Para la mayoría, el riesgo seguirá siendo abstracto: quizá un GPS menos preciso, una señal de radio extraña, una red que va algo lenta. El verdadero reto está sobre todo en las infraestructuras críticas, los vuelos por rutas polares y las comunicaciones estratégicas. La inmensa mayoría de tormentas se traduce en un cielo precioso y unas cuantas líneas más de informe para los ingenieros.

Lo que cambia de verdad con el invierno 2025‑2026 no es solo la ciencia, sino la mirada colectiva. Ver auroras tres veces en la misma temporada, a latitudes tan bajas, puede crear un “antes/después”. Ya no se mira el Sol como una simple bola brillante, sino como un actor que dialoga con nuestro día a día. Algunas ciudades ya hablan de apagar parte del alumbrado público cuando se prevea una gran tormenta, para reducir la contaminación lumínica. Se puede imaginar cafeterías abriendo hasta tarde con “noche de auroras”, profesores sacando a los alumnos con abrigo al campo de deportes del instituto, familias despertando a los niños en plena noche para decirles: “Mira eso, quizá no vuelva a pasar”.

El invierno 2025‑2026 se anuncia como una prueba extraña. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a frenar, a apagar, a salir al frío para compartir un espectáculo que no da nada, salvo un momento colectivo? Quizá, en medio de notificaciones, deadlines y calles saturadas de LED, un cielo violeta sobre Roma actúe como un recordatorio discreto: el planeta sigue conectado a algo más vasto que nuestra agenda. Se hablará de ello en fotos, en stories, en artículos. Se debatirá sobre los riesgos para los satélites y los posibles cortes de GPS. Se compararán vídeos de Nápoles, Barcelona, Bucarest.

Pero lo esencial ocurrirá en otro sitio: en esos pocos segundos en los que un grupo de desconocidos mirará lo mismo en silencio. Esa sensación un poco extraña de vivir a la vez un fenómeno muy antiguo y un momento muy moderno, grabado en 4K y compartido en tiempo real. Algunos verán una señal, otros una casualidad estadística. Los más pragmáticos leerán simplemente una página más del ciclo solar número 25. Da igual. Lo que contará será lo que cada uno haga con ello: un espectáculo para consumir, o una ocasión para preguntarse qué significa, en 2026, “habitar la Tierra bajo un cielo vivo”.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Invierno 2025‑2026 excepcional Máximo solar con varias tormentas geomagnéticas fuertes previstas Entender por qué las auroras pueden bajar hasta Roma
Preparación práctica Alertas en apps, localización de lugares oscuros, bolsa lista para salir de noche Aumentar las posibilidades de ver de verdad el fenómeno, no solo oír hablar de él
Aspectos invisibles Posibles impactos en satélites, GPS, redes eléctricas, aviación Tener una visión completa: asombro, pero también el trasfondo tecnológico

FAQ:

  • ¿Serán realmente visibles las auroras hasta Roma en 2025‑2026? Los científicos no pueden garantizarlo, pero los picos de actividad solar registrados sugieren que varias tormentas fuertes podrían permitir auroras a estas latitudes, como en 2024.
  • ¿En qué momento de la noche hay más probabilidades de verlas? Por lo general entre las 22:00 y las 2:00 (hora local), pero las auroras pueden aparecer antes o después según la intensidad y la dinámica de la tormenta.
  • ¿Hace falta un equipo especial para observarlas? No, basta con los ojos. Un smartphone reciente o una cámara con exposición larga ayuda simplemente a captar mejor los colores, sobre todo cuando son discretos a simple vista.
  • ¿Hay algún peligro para la salud humana durante estos eventos? No; para quienes están en tierra, el campo magnético terrestre sigue siendo un escudo muy eficaz. Los retos afectan sobre todo a los sistemas tecnológicos y a la aviación a gran altitud.
  • ¿Cómo saber si una noche será “buena” para las auroras? Vigilando los índices Kp (idealmente 7 o más para latitudes bajas), las alertas emitidas por las agencias espaciales y las aplicaciones dedicadas que traducen esos datos en previsiones locales.

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