Una ladera pedregosa del sur de Perú alberga miles de extrañas oquedades talladas con esmero.
Durante décadas, nadie supo realmente por qué.
Ahora, los investigadores sostienen que estas cavidades poco profundas no eran cicatrices rituales ni marcas militares, sino el corazón palpitante de un sistema económico olvidado anterior al Imperio inca. Su trabajo arroja nueva luz sobre cómo las sociedades andinas medían, almacenaban y controlaban la riqueza mucho antes de que los cronistas españoles empezaran a poner nada por escrito.
El cañón silencioso de 5.200 agujeros
Al norte del Valle Sagrado y no muy lejos del núcleo turístico de Cusco, un cañón árido llamado valle de Pisco esconde uno de los enigmas arqueológicos menos comprendidos de Perú. Los vecinos llaman al lugar «Banda de Agujeros». Desde lejos, parece como si alguien hubiese cosido el flanco de una colina con una enorme línea de puntos.
Los arqueólogos contabilizaron aproximadamente 5.200 depresiones artificiales excavadas en la ladera rocosa. La mayoría mide entre 30 y 60 centímetros de ancho y puede alcanzar alrededor de un metro de profundidad. Forman largas hileras, unas rectas como una regla y otras suavemente curvadas siguiendo la topografía.
La asombrosa regularidad de las oquedades, su cuidada alineación y su número sugerían un sistema, no una excavación al azar.
Durante años, el yacimiento desconcertó a los especialistas. Los primeros visitantes propusieron de todo: desde fosas funerarias hasta silos de grano o marcadores astronómicos. Ninguna de esas teorías encajaba de verdad con todas las pistas: la forma de las cavidades, su distribución o su ubicación cerca de antiguas rutas comerciales.
Del misterio a la medida: una nueva interpretación
La nueva lectura del lugar entiende los 5.200 agujeros no como contenedores -como tarros en una despensa-, sino como contadores en un ábaco monumental al aire libre. Cada depresión, dicen los investigadores, ayudaba a contabilizar aportes, existencias u obligaciones debidas a las autoridades regionales.
La idea se apoya en lo que ya sabemos sobre la contabilidad andina. A diferencia de muchas sociedades antiguas que dependían mucho de la escritura, los pueblos preincaicos usaban dispositivos visuales y físicos para registrar información. Los más famosos son los quipus: cuerdas con nudos que registraban números, categorías y, a veces, secuencias.
Visto desde este ángulo, la ladera deja de ser una pendiente estéril y se convierte en un enorme libro de cuentas tallado en piedra.
Algunos especialistas sostienen ahora que, en su momento, funcionarios llenaban estas cavidades con volúmenes estandarizados de productos, como por ejemplo:
- mazorcas de maíz
- quinoa o amaranto
- patatas deshidratadas (chuño)
- hojas de coca u otros cultivos valiosos
Al contar cuántos hoyos contenían cada producto, los administradores podían llevar la cuenta de excedentes, tributos o entregas debidas por distintas comunidades. La repetición de oquedades casi idénticas sugiere un énfasis en la cantidad y la comparabilidad más que en el almacenamiento a largo plazo.
¿Por qué un sistema económico y no un cementerio o una fortaleza?
Otras teorías competían por vincular el lugar con enterramientos, defensa o rituales sagrados. Nuevos trabajos de campo y la fotografía aérea empezaron a desmontar esas ideas.
| Hipótesis | Principales argumentos en contra |
|---|---|
| Campo de enterramiento | Los agujeros son poco profundos, carecen de ajuar funerario y no muestran restos humanos claros. |
| Elemento defensivo | La posición no controla pasos estratégicos; los hoyos dificultarían tanto a defensores como a atacantes. |
| Calendario astrológico | Las hileras siguen el terreno, no líneas celestes; el patrón no coincide con ciclos solares o lunares conocidos. |
| Registro económico | Encaja con el uso andino del recuento, se ajusta a redes de caminos cercanas y se alinea con la riqueza agrícola. |
La interpretación económica también encaja con la relación del lugar con otras infraestructuras. La ladera está cerca de senderos antiguos que más tarde formaron parte de la red vial inca. Comerciantes, pastores y funcionarios estatales podían acceder a ella con relativa facilidad al desplazarse por la región.
En vez de una necrópolis oculta, el sitio se entiende más como una herramienta pública utilizada bajo supervisión, probablemente por especialistas de confianza formados en el recuento y el registro.
¿Cómo funcionaba realmente el recuento preincaico?
Las sociedades andinas trataban los números como cosas que se podían tocar. Los campesinos contaban con montones de piedras, haces de palos y nudos en cuerdas. Las oquedades talladas añaden otra dimensión: fijan los números en el paisaje, visibles desde lejos.
Imaginemos a un funcionario regional llegando tras la temporada de cosecha. Los líderes comunitarios de distintos valles podrían reunirse en la ladera. Cada grupo podría llenar una hilera asignada de depresiones con sus aportes. Recorriendo la fila y comprobando cuántos hoyos contenían producto, el funcionario podría verificar si se había cumplido una cuota.
La ladera se convierte en un lugar donde el trabajo, la lealtad y la obligación se transforman en algo que cabe dentro de una copa de piedra.
Una vez terminada la comprobación, los trabajadores podrían vaciar los hoyos y trasladar los bienes a edificios de almacenamiento cercanos, hoy perdidos o sepultados. El valor no residía en conservar comida dentro de cada depresión, sino en usarlas como medida temporal y estandarizada.
Poder, control y estados preincaicos
Este tipo de contabilidad física señala un alto nivel de organización política. Los estados necesitan saber quién debe qué. Construyen sistemas que hacen las contribuciones visibles, contables y comparables.
En el altiplano andino surgieron varias sociedades poderosas antes de los incas, como Wari y Tiwanaku. Estos grupos levantaron centros administrativos, redes de caminos y complejos de almacenamiento. La Banda de Agujeros encaja en esta tradición más amplia de gestionar excedentes y trabajo a gran escala.
En lugar de escribir en tablillas de arcilla, los administradores preincas trabajaban con una combinación de quipus, arquitectura y paisajes modificados. Convirtieron laderas, terrazas y plazas en herramientas para registrar riqueza y organizar a la gente.
Otra manera de pensar la riqueza
Las economías modernas dependen de libros de contabilidad escritos, hojas de cálculo y bases de datos digitales. Los pueblos andinos usaban piedra, cuerda y memoria. Ninguno de estos métodos es intrínsecamente más avanzado: responden a entornos y estructuras sociales diferentes.
En un mundo de montañas escarpadas, aldeas dispersas y comunicación limitada a larga distancia, los marcadores físicos que todos pueden ver ofrecen varias ventajas. Reducen disputas sobre lo pagado o almacenado. Crean un punto de referencia compartido que pertenece a la comunidad y al Estado a la vez.
Turismo, investigación y comunidades locales hoy
La Banda de Agujeros atrae hoy a visitantes curiosos que se apartan de la ruta clásica de Machu Picchu. El lugar aún carece de la infraestructura turística intensa que se ve en ruinas más famosas, por lo que los guías y las familias locales desempeñan un papel clave al explicar lo que la gente está viendo.
Los arqueólogos continúan estudiando las cavidades con cartografiado mediante drones, análisis de suelos y modelado 3D. Cada nueva campaña afina la cronología, intentando determinar qué cultura preincaica talló primero los hoyos y cuánto tiempo siguieron en uso.
Lo que parece un simple patrón de cuencos en la piedra sigue cambiando a medida que los especialistas aportan nuevas herramientas y preguntas renovadas al yacimiento.
Para las comunidades cercanas, la atención renovada ofrece oportunidades y desafíos. El turismo puede aportar ingresos, pero también puede presionar laderas frágiles y alterar zonas aún no excavadas. Los guías locales suelen actuar como guardianes, pidiendo a los visitantes que no caminen dentro de los hoyos ni retiren piedras.
Leer otros paisajes andinos con esta lente
La interpretación económica de la Banda de Agujeros empuja a los investigadores a revisar otros yacimientos ambiguos. ¿Ocultan algunas formaciones rocosas inexplicadas en Perú o Bolivia funciones de recuento similares? ¿Podrían terrazas, montículos lineales o hileras de pequeños túmulos representar sistemas contables olvidados en lugar de rituales o marcadores de estatus únicamente?
Trabajos futuros podrían comparar la Banda de Agujeros con depósitos incas, quipus e incluso documentos tributarios coloniales. Al alinear números procedentes de distintas fuentes, los historiadores esperan ver cómo los sistemas de obligación sobrevivieron, se adaptaron o colapsaron cuando llegaron los españoles.
Para visitantes y lectores, el lugar ofrece otra manera de pensar la economía. Muestra cómo un Estado puede penetrar en la vida de las personas sin papel, monedas ni contratos escritos. En su lugar, el poder se escribe en el suelo, hueco a hueco.
Paralelismos curiosos y enseñanzas prácticas
Los hoyos peruanos también evocan otras tradiciones de recuento en el mundo. Pastores en Europa tallaban marcas en madera para contar ovejas. Comerciantes en África usaban palos con muescas para recordar deudas. La Europa medieval recurría a palos de cuenta partidos en dos, una mitad para cada parte. La lógica se mantiene: hacer físicos los números para que nadie los olvide.
Cualquiera que gestione recursos hoy -desde huertos comunitarios hasta bancos de alimentos- puede inspirarse en esta mentalidad. Herramientas simples, compartidas y físicas pueden reducir malentendidos cuando los sistemas digitales fallan o resultan inaccesibles. Una pared de casillas pintadas, cestas codificadas por colores o estanterías marcadas pueden funcionar como un eco moderno de la ladera andina, convirtiendo cantidades abstractas en algo que la gente pueda ver, tocar y debatir en común.
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