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Olvida el Burj Khalifa y la Torre de Shanghái: Arabia Saudí prepara un rascacielos de 1 km de altura.

Ingeniero revisando maqueta de torre en una mesa, fondo de construcción y grúa visible por la ventana.

El sol apenas asoma sobre Yeda, pero el calor ya aprieta contra el parabrisas del coche.

En el horizonte, las grúas de obra pinchan el cielo como lanzas metálicas, congeladas en un gesto que dice: más alto. Un ingeniero con casco blanco levanta el móvil, entorna los ojos ante un racimo de acero que emerge del desierto y sonríe con la satisfacción cansada de quien ha escuchado “imposible” una vez de más.

Este es el futuro emplazamiento de un rascacielos que quiere reescribir los límites de la gravedad. Olvídate de las fotos relucientes del Burj Khalifa en Instagram. Olvídate del giro elegante de la Shanghai Tower sobre las nubes. Arabia Saudí está preparando, en silencio, algo que hará que ambos parezcan casi modestos. Un edificio que no se detiene en 828 metros ni en 632.

Una torre que apunta directa a la línea simbólica, casi absurda, de los 1.000 metros.

Del espejismo del desierto a la realidad de 1 km

Sobre el papel, la historia suena a delirio febril: un rascacielos de un kilómetro de altura levantándose al borde del mar Rojo. Sobre el terreno, empieza con polvo, ferralla y mucha espera. Los trabajadores rodean excavaciones de cimentación que parecen capaces de tragarse edificios pequeños enteros. El aire vibra con generadores, gritos en árabe y el ronquido grave de los camiones dando marcha atrás con otro cargamento de hormigón.

La Torre de Yeda, como se conoce el proyecto, ya es mitad leyenda, mitad obra. Los vecinos pasan en coche junto a su esqueleto gigantesco y señalan: ahí es donde se supone que estará el nuevo “edificio más alto del mundo”. Algunos ponen los ojos en blanco. Otros hacen fotos para Snapchat. Sea como sea, la idea de una torre de 1 km se ha escapado del plano y se ha instalado en las conversaciones.

Las cifras, aun así, parecen irreales. El actual campeón del mundo, el Burj Khalifa de Dubái, alcanza 828 metros. La Shanghai Tower llega a 632. La Torre de Yeda está planificada para rondar los 1.000 metros, atravesando la barrera psicológica de la que los arquitectos llevan años hablando. Un kilómetro, en vertical. Ascensores que tienen que recorrer distancias como mini trenes. Fuerzas de viento lo bastante fuertes como para doblegar a edificios más débiles.

Arabia Saudí no persigue la altura por un diploma del Guinness World Records para colgar en la pared del vestíbulo. El rascacielos es un titular hecho materia: una manera de decir que el reino está cambiando, y quiere que mires. Puedes leer los documentos de la Visión 2030, o puedes plantarte delante de una torre que se pierde en el cielo y sentir la ambición en el pecho.

Detrás de la fachada, también está la matemática fría de la inversión y el turismo. Un edificio superalto se convierte en una campaña de marketing visible a más de 30 kilómetros. Atrae congresos, marcas de lujo, influencers en busca de la foto “más alta” en una azotea. Millones de personas se saltaron la clase de geografía, pero pueden decirte dónde está el edificio más alto del mundo. Ese es el tipo de espacio mental que Arabia Saudí intenta ocupar.

¿Cómo se construye realmente un rascacielos de 1 km?

Pones una regla al lado de una torre de 1 km y la primera pregunta es brutalmente simple: ¿cómo demonios evitas que se caiga? Los ingenieros responden con núcleos más gruesos, cimentaciones de vértigo y amortiguadores que actúan como absorvedores de impactos invisibles. La base de un superalto no es estilizada ni elegante. Es tosca, musculosa, sobredimensionada. Porque a esa altura, el viento deja de ser brisa y empieza a sentirse como un empujón.

El diseño de la Torre de Yeda utiliza una forma de tres pilares, como tres alas que se apoyan entre sí para ganar resistencia. A medida que el edificio asciende, se estrecha, perdiendo masa conforme sube. Eso no es solo estética. Menos superficie significa menos presión del viento. Llegado cierto punto, la arquitectura se convierte en una negociación tridimensional con la física: puedes subir más, pero solo si eres más listo.

Cualquiera que haya estado dentro de un edificio muy alto sabe que el verdadero drama está en los ascensores. A 1 km, no basta con poner unos cuantos elevadores estándar y cruzar los dedos. Los cables se vuelven tan pesados que amenazan con romperse por su propio peso. Por eso los diseñadores hablan de sistemas de ascensores por etapas, donde cambias de “trenes verticales” en vestíbulos en el cielo, a cientos de metros de altura. El Burj Khalifa ya hace esto. La Torre de Yeda lo lleva más lejos, con ascensores de doble cabina propuestos y trayectos de alta velocidad que podrían hacer que se te taponen los oídos como en un avión.

Eso abre otra pregunta humana: ¿qué se siente al vivir o trabajar a 150 plantas por encima de la ciudad? Las vistas serán espectaculares, sí. Pero el leve balanceo de la torre con vientos fuertes, el trayecto algo más largo hasta el nivel de calle, la sensación psicológica de estar “lejos de la calle” moldearán la vida cotidiana. Un martes cualquiera, bajar a por un café podría sentirse un poco como descender desde otra zona climática.

Seamos sinceros: nadie se despierta pensando “ojalá hoy el algoritmo del ascensor de mi torre de 1 km esté optimizado”. Y, sin embargo, esa coreografía invisible es lo que hace que estos edificios sean habitables y no solo impresionantes. Sistemas energéticos, presión del agua, seguridad contra incendios, redes de datos… a esta escala, todo hay que reinventarlo y luego esconderlo detrás de vidrio impecable y mármol pulido para que parezca simple.

Y luego está el dinero. Una Torre de Yeda inacabada ya ha absorbido miles de millones. La inflación global, los cambios políticos y la fluctuación del precio del petróleo han dejado huella en su calendario. Hubo años de casi silencio, cuando los vecinos se preguntaban si el sueño había muerto discretamente en una sala de juntas. Ahora, con los megaproyectos saudíes de vuelta en el escaparate global, el relato vuelve a deslizarse hacia la finalización, hacia ese titular mágico de 1.000 m.

Lo que esta torre de 1 km dice realmente sobre nosotros

Si quitas el acero y el hormigón, queda un instinto muy antiguo: construir más alto, dejar huella, superar al vecino. La historia de amor de la humanidad con la altura no empezó en el Golfo. En la Edad Media, las catedrales competían por la aguja más alta; Nueva York y Chicago se midieron con coronas art déco en los años 30; y las torres de televisión perforaron los perfiles urbanos mucho antes de Instagram. El proyecto saudí es solo el último capítulo de esa rivalidad vertical.

También hay una capa más silenciosa y personal. Esa sensación cuando miras hacia arriba desde la calle, entornas los ojos y piensas: “Alguien diseñó cada ventana ahí arriba”. Es humillante y, a la vez, extrañamente energizante. A pequeña escala, todos llevamos alguna versión de ese impulso de ir un poco más lejos, de probar qué es estructuralmente posible en nuestras propias vidas. A escala nacional, se convierte en torres de 1.000 metros en el desierto.

Los críticos plantean la pregunta obvia: ¿de verdad es la mejor manera de gastar miles de millones cuando el planeta se calienta y las ciudades necesitan vivienda más asequible? Los arquitectos responden desde otro ángulo: desarrollos superaltos y densos pueden limitar la expansión horizontal, reducir distancias de desplazamiento y actuar como laboratorios de sistemas de eficiencia extrema. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Un rascacielos de 1 km puede ser un pararrayos para debates sobre desigualdad y, al mismo tiempo, un prototipo de tecnología urbana preparada para el futuro.

Un planificador saudí con el que hablé en línea lo expresó así:

“Si vamos a construir ciudades en el desierto, al menos que enseñen al resto del mundo algo sobre cómo sobrevivir al próximo siglo”.

En esa frase está toda la contradicción emocional del proyecto: parte espectáculo, parte experimento, parte apuesta.

  • Símbolo de ambición: una torre de 1 km se convierte en un manifiesto físico de un país que intenta pivotar más allá del petróleo.
  • Laboratorio en el cielo: nuevos materiales, estrategias de refrigeración y sistemas energéticos podrían trasladarse a edificios cotidianos.
  • Espejo de la desigualdad: una aguja de lujo elevándose por encima de personas que luchan por lo básico siempre va a activar preguntas incómodas.

Todos hemos vivido ese momento en el que un render glamuroso o un plano viral de dron oculta el desorden justo fuera del encuadre. Los proyectos superaltos viven en esa tensión. Están diseñados para deslumbrar, pero proyectan sombras largas sobre el suelo del que se elevan.

Lo que la carrera del 1 km significa para la próxima década

La verdad es que, a estas alturas, casi da igual si la Torre de Yeda llega exactamente a 1.000 metros o no. La carrera ya ha empujado la ingeniería a un lugar nuevo. A partir de ahora, cualquier ciudad que anuncie un “modesto” bloque de oficinas de 300 metros suena un poco menos audaz, un poco más… 2010. El listón psicológico se ha movido. La inflación de altura, en cierto sentido, está incorporada a nuestra imaginación.

Para quienes leen esto en el móvil entre reuniones, la historia no va solo de Arabia Saudí. Va de qué tipo de ciudades podríamos habitar dentro de 20 o 30 años. ¿Quedarás con amigos en restaurantes en la planta 180 con la misma naturalidad con la que hoy hablamos de bares en azoteas? ¿Pondrán los ojos en blanco tus hijos ante la idea de que 1 km fue alguna vez un gran hito, del mismo modo que hoy nos encogemos de hombros ante torres de 50 plantas?

También está el comodín del clima. Un edificio tan alto en un lugar tan caluroso obliga a innovaciones incómodas pero necesarias: fachadas más inteligentes, objetivos brutales de eficiencia energética, quizá incluso generación eléctrica in situ integrada en la propia estructura. Si esas ideas funcionan a 1.000 metros, casi seguro que se filtrarán hacia bloques de pisos y oficinas más humildes, que son los que de verdad definen la vida de la mayoría.

Puede que, mirando atrás, veamos la aguja gigante de Yeda como un punto de inflexión extraño: un momento en el que arquitectura, política, ego e instinto de supervivencia chocaron en una sola línea vertical. O puede que lo veamos como un monumento caro a una época muy concreta de bravata financiada por el petróleo. Por ahora, es ambas cosas. Un signo de interrogación dibujado en acero contra un cielo de desierto ardiente, retando a cualquiera que mire a decidir qué significa realmente “demasiado alto”.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Objetivo de 1 km La Torre de Yeda pretende superar al Burj Khalifa y a la Shanghai Tower con una altura en torno a 1.000 m. Ayuda a entender por qué este proyecto podría redefinir los récords globales de los skylines.
Desafío de ingeniería Diseño en forma de aguja que se estrecha, cimentaciones avanzadas y sistemas de ascensores complejos para lidiar con el viento, el peso y el uso diario. Ofrece una idea concreta de cómo una propuesta tan extrema puede hacerse físicamente posible.
Impacto simbólico El rascacielos actúa como buque insignia de la Visión 2030 saudí y como imán de inversión, turismo y debate. Muestra cómo un solo edificio puede influir en la economía, la política e incluso la vida urbana futura.

Preguntas frecuentes

  • ¿De verdad la Torre de Yeda va a alcanzar 1 km? El objetivo oficial lleva tiempo estando en torno a los 1.000 metros, aunque la altura final podría variar ligeramente a medida que evolucionen los planes y los presupuestos.
  • ¿Será más alta que el Burj Khalifa? Sí; si se completa cerca del diseño actual, superaría con holgura los 828 metros del Burj Khalifa.
  • ¿Cuándo se espera que termine la Torre de Yeda? No hay una fecha pública firme ahora mismo; los retrasos y reinicios hacen que los plazos sigan siendo cambiantes.
  • ¿Qué habrá dentro del rascacielos de 1 km? Se prevé una mezcla de hoteles de lujo, apartamentos, oficinas y miradores, convirtiéndolo en una mini ciudad vertical.
  • ¿Por qué construir tan alto en primer lugar? Parte prestigio, parte estrategia económica y, en parte, para probar tecnologías que podrían marcar cómo se construyen las ciudades densas del futuro.

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