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Por qué va lento tu wifi: aleja el router de acuarios y espejos cuanto antes.

Hombre configurando un router Wi-Fi en una mesa de cristal junto a un acuario en un cuarto iluminado.

La pareja en el sofá parecía agotada.

La ruedecita de carga de Netflix girando, el hijo adolescente gritando desde arriba que su juego iba con lag, una llamada de Zoom congelada en la cara poco favorecedora de alguien a mitad de parpadeo. El paquete de banda ancha era “fibra rápida”, la factura no era barata y, aun así, el Wi‑Fi iba a paso de tortuga como si estuviéramos en 2007.

El router parpadeaba en silencio en una balda baja, encajado entre un espejo enmarcado y un acuario tropical iluminado. Quedaba acogedor. Ordenado, como de revista tecnológica. Un bodegón de la vida moderna: cristal, agua, cables y una caja de plástico bombeando ondas invisibles.

Cuando por fin llegó el técnico, ni siquiera abrió la caja de herramientas al principio. Solo miró hacia arriba, arqueó una ceja al ver el acuario y el espejo, y dijo:

“Vale. Vamos a mover eso. Ya.”

La habitación cambió. Y el test de velocidad también.

Por qué tu Wi‑Fi se muere al lado de acuarios y espejos

Sobre el papel, tu router emite círculos de cobertura limpios y uniformes, como ondas en un estanque. En la realidad, tu salón se parece más a un laberinto. Cristal, agua, espejos, ladrillo, incluso el router del vecino: todo eso agarra, dobla o mata partes de esa señal.

Un acuario es, básicamente, un gran bloque de agua, y al agua le encanta “beberse” el Wi‑Fi. Los espejos suelen llevar una lámina metálica detrás, que refleja las señales y crea zonas muertas extrañas. El resultado: esa conexión “rápida” que te vendió tu operador se evapora en silencio entre el router y tu móvil.

La mayoría de la gente no piensa en esto. Ven una caja parpadeante, unas antenas, y asumen que o funciona o no funciona. Pero el Wi‑Fi se parece más al sonido: dónde pones el altavoz importa más que lo alto que suene.

En un piso de Londres que visité, una joven diseñadora lo había hecho todo “bien”. Nueva línea de fibra, router dual band de última generación, portátil decente. Aun así, sus velocidades caían cada tarde, justo cuando necesitaba enviar archivos grandes a un cliente.

El router estaba colocado con orgullo sobre un aparador brillante. A su izquierda: un enorme espejo de pared. A su derecha: un acuario alto e iluminado, casi pegado. En la pared de enfrente: una tele grande, una barra de sonido y un grupo de altavoces inteligentes, todos compitiendo por atención inalámbrica.

Hicimos una prueba rápida. Misma banda ancha, misma hora del día. Primera pasada: router junto al acuario, por debajo de 20 Mbps. Segunda pasada: router movido dos metros, a una balda de madera sencilla, sin nada reflectante cerca: por encima de 130 Mbps. Mismo proveedor. Mismo piso. La única diferencia real eran los obstáculos.

Esto es lo que pasa de verdad. El Wi‑Fi usa ondas de radio, y esas ondas van en frecuencias que el agua absorbe increíblemente bien. Tu acuario, tus tuberías dentro de la pared, incluso tu propio cuerpo pueden debilitar la señal si están en el lugar equivocado. Los espejos, con su parte trasera metálica, no solo reflejan tu cara: rebotan el Wi‑Fi, lo dispersan o crean “cámaras de eco” donde las señales interfieren entre sí.

Los físicos hablarán de atenuación, reflexión e interferencia multipath. Para los demás, la traducción es simple: tu router se convierte en un batería tocando dentro de un armario forrado de cristal y metal. El ritmo existe, pero cuando te llega, la mitad se la ha tragado algo y el resto va desacompasado.

Por eso, mover un router 50 cm puede sentirse como subir de categoría tu paquete de internet.

Dónde debería estar de verdad tu router

Si tu Wi‑Fi va lento, el primer gesto no es comprar un cacharro nuevo. Es coger el que ya tienes. Levanta el router del suelo. Aléjalo del acuario, de los espejos, de paredes gruesas y de grandes masas de metal como radiadores o frigoríficos.

Piensa en él como una pequeña emisora de radio en tu casa. Quiere un punto central, aire libre, más o menos a la altura del pecho. Una balda simple en el pasillo. Una estantería que no esté atestada de cables y decoración. No enterrado en un armario, no tumbado detrás de la tele, no atrapado bajo un nido de cargadores y hubs de casa inteligente.

Una tarde tranquila, apaga la tele, recorre la casa con el móvil y fíjate cómo cambian las barras del Wi‑Fi. Ese pequeño paseo te dice más que cualquier folleto.

Un martes lluvioso, una lectora escribió diciendo que su compañía ya le había cambiado el router dos veces. La misma historia: el test de velocidad cerca del router era estupendo, en el dormitorio el streaming era un desastre pixelado. Estaba lista para volver a cambiar de operador.

Hicimos una llamada. Giró la cámara por la habitación. Allí estaba: el router debajo de la tele, dentro de un mueble con puertas espejadas y frontal de cristal, junto a un gran acuario marino zumbando en la esquina. Quedaba elegante, casi perfecto como en exposición. También era una pesadilla para el Wi‑Fi.

Subió el router encima de una estantería cercana, lejos del acuario y del cristal. La velocidad en su dormitorio casi se triplicó. Sin contrato nuevo. Sin sistema mesh caro. Solo gravedad, un poco de espacio y menos agua por medio.

Historias así se repiten en pisos, casas bajas y residencias de estudiantes, de Brighton a Glasgow. El patrón es vergonzosamente simple: una buena “gestión de cables” y “esconder la caja fea” arruinan el Wi‑Fi más a menudo de lo que lo hace una mala banda ancha.

Aquí va la verdad aburrida que nadie quiere oír: saboteamos nuestra propia señal. Metemos el router donde menos se ve, no donde mejor funciona. Lo alineamos con otros dispositivos porque la simetría queda bien en Instagram. Lo encerramos abajo, detrás de sofás o muebles de televisión, donde la señal tiene que trepar a través de madera, cristal y las piernas de la gente solo para llegar a la habitación.

El Wi‑Fi odia el desorden. Quiere aire libre, rincones sosos y distancia de las cosas que nos parecen más atractivas: acuarios brillantes, espejos grandes, herrajes metálicos elegantes. A la ciencia le da igual que el router quede más “limpio” escondido. A tu app de streaming también.

Ajustes prácticos que de verdad aceleran las cosas

La mejora más rápida es brutal: coge el router y muévelo a un metro completo de cualquier acuario o espejo. No diez centímetros. Un metro. Si vas justo de espacio, pon algo neutro entre medias: una estantería, un soporte para plantas, incluso una cortina. El objetivo es mantener el agua y el cristal reflectante fuera de la línea directa entre el router y las habitaciones que te importan.

Una vez resueltos los culpables obvios, sube el router. Apunta a más o menos la altura de la cintura al pecho. Coloca las antenas en vertical, no abiertas en abanico dramático como una corona de ciencia ficción. Luego haz un test de velocidad sencillo con el móvil en tres puntos donde de verdad estás: el sofá, la cama, la mesa de la cocina. Verás enseguida si el cambio ayudó.

Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días. Lo harás una vez y quizá ajustes otra vez el mes que viene. Con eso basta.

Muchos lectores escriben diciendo que lo han probado “todo” -cambiar canales, comprar repetidores Wi‑Fi, incluso apagar el microondas- pero no han tocado la distribución básica de la habitación. Les da vergüenza el router, como si fuera algún dispositivo médico feo que hay que esconder detrás de un marco de fotos.

Si eres tú, no estás solo. En un mal día, las casas conectadas pueden parecer un lío de cajas y LEDs parpadeantes. Así que escondes el router detrás de la tele, metes los cables detrás de un espejo y cruzas los dedos. Luego culpas al operador cuando TikTok no carga en la cocina. Es un bucle muy humano.

El cambio es pequeño: deja de tratar el router como decoración y empieza a tratarlo como una lámpara. Nunca esconderías una lámpara dentro de una vitrina de cristal y luego te quejarías de que la habitación está oscura. La moverías donde la luz pueda iluminar de verdad el espacio en el que vives.

“Cuando empiezas a ver tu casa como un paisaje de ondas de radio, ya no puedes dejar de verlo”, se ríe James, ingeniero de redes en Manchester. “Entras en una habitación y al instante sabes que el acuario es el verdadero villano, no la banda ancha”.

Algunos recordatorios rápidos ayudan cuando replanteas el espacio:

  • Mantén tu router al menos a 1 metro de acuarios, espejos y electrodomésticos grandes.
  • Busca una posición central y abierta, a la altura aproximada del pecho, no en el suelo.
  • No lo escondas en armarios, muebles de TV ni detrás de grandes objetos de metal o cristal.

Esas tres líneas superan a la mitad de los consejos complicados que encontrarás en foros tecnológicos. Y no cuestan nada.

Entonces, ¿cómo es realmente un Wi‑Fi “suficientemente bueno”?

No existe una configuración perfecta, solo una que funcione para tu vida real. Puede que tu router acabe en una balda un poco rara. Puede que el acuario tenga que moverse 20 cm para que el streaming del dormitorio no se entrecorte. Son pequeñas negociaciones domésticas a cambio de una gran calma digital.

Una vez que alejas el router del agua y de los espejos, puede que notes cambios sutiles. Las videollamadas que antes se congelaban ahora van suaves. La música te acompaña de la cocina al jardín sin cortarse. Tu adolescente deja de gritar por el lag -o al menos grita por otra cosa. Esa fiabilidad silenciosa es la mejora que la gente quiere de verdad, más que otra promesa brillante de “hasta 900 Mbps” en un anuncio.

Lo divertido es comparar notas. Una amiga jurará que mover el router a la escalera le cambió toda la jornada de trabajo. Otro admitirá que lo tuvo durante años debajo de una mesa metálica y nunca unió los puntos. Algunos lectores simplemente mirarán hacia arriba ahora, verán su reflejo en el espejo del salón y se darán cuenta de dónde ha estado muriendo su Wi‑Fi todo este tiempo.

Este es el tipo de truco que la gente de verdad le cuenta al vecino. Se extiende por chats de WhatsApp, mensajes de grupos de piso compartido, quejas nocturnas sobre facturas de internet. Alguien levanta el router, lo aleja un poco del acuario y, de repente, la casa se siente menos caprichosa. No perfecta. Solo más tranquila, más rápida, más predecible.

Por eso los técnicos repiten la misma frase simple: antes de culpar a tu banda ancha, busca el acuario y el espejo.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Alejar el router del agua Los acuarios y los grandes volúmenes de agua absorben con fuerza las ondas Wi‑Fi. Ganar velocidad sin cambiar de tarifa ni de equipo.
Evitar espejos y superficies metálicas Los espejos reflejan y dispersan la señal, creando zonas muertas. Reducir cortes en el streaming y videollamadas entrecortadas.
Posición central y en altura Un router colocado en el centro, a la altura del torso, cubre mejor la vivienda. Conseguir un Wi‑Fi más homogéneo en todas las habitaciones que usas.

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Por qué mi Wi‑Fi empeora cerca del acuario? Porque el Wi‑Fi usa frecuencias de radio que el agua absorbe; un acuario grande actúa como una esponja, empapando parte de la señal y debilitando la cobertura detrás o alrededor.
  • ¿De verdad un espejo puede bloquear o distorsionar el Wi‑Fi? Sí. La mayoría de los espejos tienen una lámina metálica detrás que refleja las ondas de radio, lo que puede rebotar tu Wi‑Fi, causar interferencias y una cobertura irregular.
  • ¿A qué distancia debería estar el router de un acuario o un espejo? Intenta mantener al menos 1 metro de distancia y procura que la línea directa entre el router y tus dispositivos principales esté lo más libre posible de cristal, agua y metal.
  • ¿Está bien esconder el router en un armario o mueble de TV? “Funcionará”, pero perderás mucho rendimiento. Los muebles cerrados, los cables y la electrónica alrededor debilitan y perturban la señal.
  • ¿Mover el router ayuda de verdad más que comprar uno nuevo? En muchas casas, sí. Un router básico bien colocado suele ganar a uno caro enterrado al lado de un acuario, un espejo o una pared gruesa.

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